Nunca se da por perdido

Agotado y ojeroso susurré entre dientes la letanía de maldiciones con las que solía recibir las vísperas. Ni me acordaba ni quería de los motivos que me empujaron a aquella locura. Ignoraba entonces que de visita en el infierno solo cabe perder batallas, aunque optimista, abrazaba cada nuevo día con renovada esperanza.

En las trincheras –así las llamábamos –, estaban los desconocidos que a fuerza de compartir sinsabores dejaron, sin quererlo, de ser extraños. Como Doña Julia, que nos amenizaba las esperas con sus exquisitas croquetas, o Blas, el jubilado, con quien arañaba al aburrimiento blandiendo trampas al mus; todos éramos tropa.

Hoy, después de seis horas de cola esgrimí sobre el mostrador con furibunda determinación, a saber: referencia catastral, duplicado del certificado de vacunación, volante de residencia, autoliquidación del impuesto sobre terrenos urbanos, licencia de ocupación de terceros e incluso un carné de préstamo que Genaro, un buen amigo, encontró en la biblioteca municipal durante su turno de limpieza.

La funcionaria, bruja arrugada con bolígrafo pero sin gato, sin desviar la mirada de la pantalla y ostentando el mismo asco que desgana sentenció con monocorde voz de autómata programada : « Aquí no es. Falta una fotocopia. Vuelva usted mañana »

Para www.estanochetecuento.com, junio'2014