No hables con extraños

Apareció como siempre: sobre las doce. Mientras flotaba hacia mi cama con ese halo a medio camino entre algodón de azúcar e imagen mal sintonizada eché la vista atrás y no pude evitar rememorar como eran mis noches tiempo atrás. Recuerdo que no sabía lo que eran los ojeras, no me dormía en las reuniones de trabajo y no iba todo el día aletargado, como si fuera un galápago.

Aquella fatídica noche de hace ya más de cuatro años tendría que haberme desmayado de miedo, como hace todo el mundo; podría haberme tapado con la sábana, o haber chillado. Igual si hubiera encendido la luz se habría ido… o esfumado, o evaporado; lo que sea que hacen ese tipo de entes. Pero claro. Mi madre se dejó una pasta en mi educación y una escuela de pago hace daño: a poco que te descuides te vuelve una persona servicial, cuanto menos correcta y siempre dispuesta a ayudar.

Recuerdo que entablamos una conversación distendida, como hubiera querido mi profesor, Don Emiliano; el que siempre me decía que no hay que perder los nervios, que el secreto para resolver cualquier conflicto y la piedra angular de todas las relaciones es y está en saber escuchar. Pero yo creo, sinceramente, que a los fantasmas no les puedes tratar con empatía. Porque luego es peor. Porque luego te enteras como son de mundanos.

Por suerte, mañana era sábado. Miré el reloj, me incorporé los suficiente, acomodé la almohada detrás de mi espalda y aguardé que se posara sobre la cama. Él me sonrió, me enseñó el mazo de cartas, y ronroneando como un gato anunció con su tétrica voz : «yo reparto» .

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