Hasta siempre, Mundodisco

La amarillenta luz de las velas atraviesa los ventanales, se proyecta sobre el camino y quiebra la noche al tiempo que la barahúnda de risotadas y entrechocar de jarras, aguijonea el silencio que envuelve la vieja taberna, sita desde que el tiempo es tiempo, sobre el gran árbol.

Orcos, elfos, nigromantes y un tumulto de magos despistados ríen hermanados bajo la cómplice mirada del regente, un humano vivaracho pero arrugado que escupe en los picheles antes de rellenarlos, e invita a los desdentados parroquianos que juegan allí a dardos desde hace ya más de doscientos años.

No hay día que todos y cada uno de ellos miren de soslayo al encapuchado, jueguen a cartas, o se arranquen en joviales cánticos —mano sobre hombro—, junto al que llaman Ilustre Invitado; si algún día, éste, recobrase la memoria y se le ocurriera preguntar por su guadaña, huirían todos invocando nuevas puertas y ventanas para el caso, de buen seguro, como alma que lleva el diablo.