Escapar

El océano ha devorado medio planeta pero no se dejan de recibir, aún, decenas de señales de socorro. Ayer encontramos un tipo extraño: muy pálido, casi ciego; su semblante cadavérico está labrado de arrugas y parece bruñido en una eterna amalgama de expresiones de añoranza y odio. Solo repite que apostó su barco, perdió, y exiliado lejos del embate prefirió morir a seguir viviendo. Aún así, le invitaremos a sentarse junto al fuego a escuchar nuestra radio. Hemos encontrado un dial que sintonizamos cada noche después de elevar al cielo una plegaria; nos reconforta la cálida voz del locutor y esa particular inflexión con la que recita Lorca, Baudelaire o Rokha. Sabemos que allí no queda nadie, que son emisiones cíclicas y que se extinguirán cuando las antenas dejen de funcionar. Cansados de noticiarios preferimos amenizar el fin del mundo con poesía; al menos mientras duren las pilas. Mañana el grupo seguirá subiendo; yo me quedo. Coronarán la montaña, sí, pero el mar lo hará detrás de ellos. No hay escapatoria. Además tengo curiosidad por comprobar si es verdad, si el viejo decidió morirse, y si al sentir otra vez el agua bajo los pies, su corazón late de nuevo.

Para www.estanochetecuento.com, junio'2016
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