Diario de un reo

Agazapado en la trinchera, con el corazón arrugado entre explosiones, intuía pasar las balas por encima de mi cabeza camino del muro de tierra que nos protegía las espaldas. Agarré tan fuerte mi escopeta que escuché crujir la madera del guardamonte. Nunca antes había disparado contra nadie; cuando se lo dije al retén que nos entregaba los fusiles se limitó a decir que siempre hay una primera vez y me exhortó para que dejara pasar al siguiente.

Vi al coronel acercarse. Al advertir mi presencia se quitó el puro de la boca y me llamó cobarde con la mirada. Sacó la pistola de bengalas y encañonó al cielo: era la señal para salir del agujero y comenzar la carga. En cuanto el firmamento se iluminara debíamos correr como gallinas sin cabeza hasta llegar a la línea enemiga. Muchos moriríamos allí; esa noche.

Apunté a la cabeza del coronel y apreté el gatillo. Después cogí la pistola de bengalas y la arrojé a la lejana oscuridad del campo de batalla. Me volví a agazapar y esperé. No sabía bien a qué.

Ignoro cuánta gente salvé ni los años que me restan de condena. Ya no los cuento.

Para www.estanochetecuento.com, septiembre'2014
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