Devoción

Bajo la atenta mirada del Hermano Mayor, vigilado de cerca por los Consiliarios, y apadrinado a merced de los óbolos de todos los devotos –fiscalidad creativa mediante de Pepón, el Mayordomo –, descansa el Paso.

En su estampa refulge el esfuerzo de todo un año: el de las bordadoras que tejieron el manto, el de las floristas que seleccionaron los claveles y los lirios nacarados, el de la banda de música que ensayó hasta la extenuación, y el de los costaleros que ya lucen desde las camisetas de tirante sus poderosos brazos.

Al caprichoso tiempo no le importa ni ellos, ni el séquito de concejales que se quejan amargamente del cielo nublado dispuestos a salir en la foto de condolencia de los cofrades, hermanos y público en general, susceptible como es tal impostura, de conectar con el electorado. La climatología, dicen a boca llena, no entiende de la Fe ni de sus actos.

Con las primeras gotas algunos desfallecen y miran tristes al suelo aunque los hay que al abrigo de su inquebrantable ilusión, aguantan como lo hizo Jesús frente a los romanos. Cuando arrecia el temporal los que quedan abren sus paraguas invocando el Sol y esperando el milagro, pero minutos más tarde con las calles anegadas y el ánimo bajo, todos son los que vuelven a casa a esperar otro año.

Todos menos dos. Los que escondidos debajo del canasto de madera tallada que aguanta la imagen –ahora cerrada y a resguardo –, encarnan su particular Pasión desnudos entre risas y sonrojos sobre el terciopelo morado. Píos como son, temerosos del pecado pero esclavos de la tentación, ahuyentan los remordimientos bromeando con sus nombres: ella, hija de un terrateniente adinerado se llama María; él, conocido en el pueblo por trabajar como aprendiz de carpintero, se hace llamar José.

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