Cuestión de principios

Solo le hizo falta poner un pie en la calle, concretamente en el primero de los baldosines de mármol italiano que alfombraban la entrada al edificio, para sospechar que el día había llegado, y que «el viejo» iba en serio y se pensaba jubilar. Años más tarde explicaría en petit comité que su intuición no obedecía a los atributos que atesoraba su reputado olfato para los negocios ni su preclara capacidad de anticipación, más bien, a que desde el espacio de aparcamiento reservado los cuatro coches de sus hermanos, el Lamborgini y los tres Maseratis, parecían escrutarle desde la envidia y el recelo a través sus potentes faros de xenon autoregulables.

Aprovechó el tiempo que le proporcionaba la espera dentro del ascensor para mirarse por última vez al espejo y disipar cualquier arruga de su traje de lana merino y cachemira, ajustarse el nudo de la corbata, repasar sus soberbios gemelos de oro y acariciarse el mentón para asegurarse de que esa mañana había conseguido un rasurado perfecto. Los últimos pisos simplemente los dejó pasar recreándose en olisquear el Clive Christian de novecientos dólares que, generoso, había derramado por muñecas y cuello.

Úrsula, la secretaria, que hacia guardia junto al samovar, le recibió en la puerta del despacho sujetando temblorosa una bandeja con una taza y una nota firmada de puño y letra por el mismísimo presidente ejecutivo, en la que por fin, se desvelaban las condiciones sine qua non a satisfacer para heredar el mandato de la compañía.

En el interior ya esperaban: Jaime, Juan y Julian, sus hermanos; y el notario, quién inmediatamente levantó acta y certificó leyendo el literal del contrato que autenticaba que la multinacional sería heredada por el que primero trajera en la boca el hueso que Don Jacinto Vilurama Romagosa, el padre de los cuatro allí presentes, estaba a punto de lanzar.

Llegados a ese punto, miró por la ventana, contempló las flamantes llantas de su Aston Martin, palideció de complacencia al acariciar la seda asiática de su corbata, ajustó de nuevo los gemelos a los que en breve le acompañarían una pulsera, un colgante y un anillo a juego, y sin pensárselo dos veces, comenzó a ladrar.

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