A lápiz

Era pequeña cuando mi padre nos abandonó. Mamá se rindió al desánimo, pero yo decidí llenar su vacío inventando historias que caligrafiaba en cuartillas que guardaba por montones. Acuciada por la nostalgia de verla sonreír le escribí un amigo: un hombre de buena traza y bigote a lo Rhett Butler, como los que le gustaban. Al principio bien, hasta que llegaron las discusiones y ella, enfadada, para finiquitar las peleas le gritaba que no quería volver a verlo más. Entonces yo iba a mis papeles y borraba; pero sin apretar demasiado la goma. Y disfrutaba. Me encantaba ver aquellos objetos que parecían flotar: una maquinilla de afeitar, un peine labrando el aire o el desfile de camisas que terminaban su procesión abotonándose solas y con esmero frente al espejo. Luego, cuando se personificaba de nuevo hecho un figurín a ella se le pasaba y hacían las paces. Hasta el día que vi una maleta arrastrándose por el pasillo que al salir dejó tras de sí un portazo que él mismo manuscribió con tinta indeleble. Desde entonces a mamá, petrificada, solo le da un vuelco el corazón cada vez que una pelusa se mueve o algún diente león atraviesa el comedor.

Para www.estanochetecuento.com, marzo'2016. '