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La fuerza de la costumbre

Antes saquear, el general siempre nos arenga a repartir la suerte de nuestras espadas pasando a cuchillo a todos por igual y sin dejar prisioneros. A las mujeres dice, las violaremos después del pillaje, y a los niños les encadenaremos los tobillos para que lleven la carga hasta el próximo puerto donde les venderemos como galeotes. Nos había ido bien, hasta ahora, que todo se ha vuelto extraño. Al principio algunos decidieron seguirle la corriente cuando mandaba cargar y meneaban un poco los pies; incluso gritaban consignas de sangre y fuego, como antes. Pero hace calor, la soga aprieta y muchos estamos cansados. Más pronto que tarde alguien se mecerá en largo, le dará una patada para que se calle y le dirá que hace años que nos ajusticiaron y solo somos un puñado de esqueletos desvariando; aunque apostaría que ya lo sabe.

Relato para www.amenecemetropolis.net, agosto 2017

Atardece en Gizeh

Nadie sabe en qué momento dejaron de necesitarnos. Se volvieron locos y nosotros les dejamos: siguieron acabando unos con otros, simplemente. Desde entonces el mundo se ha transformado en un sitio extraño. Los que quedamos nos reunimos cada sábado en un bar clavado en medio de una carretera perdida entre todos los sitios y ningún lado. Bebemos, en silencio; y escuchamos a la gramola barajar una y otra vez en el ambiente enrarecido por el aburrimiento y el asco las mismas canciones de siempre. Algunos se quedan hasta horas intempestivas jugando a dardos, otros leen con una cerveza en la mano. Yo me teletransporto y quemo los ratos muertos estirado en la tumbona que siempre tengo en la cabeza de la esfinge. Me tranquiliza contemplar cómo el horizonte de arena infinita se traga el sol durante el ocaso. A veces se recortan contra el valle algunas siluetas que caminan en mi dirección. Son los últimos supervivientes intentando dejar atrás la sociedad que ellos mismos arrasaron. Me ven, ven mi capa serpentear al viento y creen que por fin nos han encontrado, que los salvaremos; que será como antes. Es cuando cojo el rifle, me vuelco sobre la mirilla, y disparo.

Para www.estanochetecuento.com, junio 2017; Relato finalista pendiente de publicación en papel en la antología 2017-2018

Cabos sueltos

Su enjuto cuerpo se escora a babor sobre un par de desvencijadas rodillas que apenas lo aguantan. Desde el espigón maldice ballenas, atunes y llama hijo de mil putas a un tritón que nadie más ve; escupe, pero como lo hace a contra viento le vuelve a la cara y al pasar la manga para limpiarse centrifuga con rabia babas y alguna lágrima. Tabita lo mira echa un ovillo sentada en el malecón. Quiere pensar que algún marinero estará rescatando de su red  las improntas de todos los momentos que pertenecieron a su abuelo, el viejo lobo de mar que ahora brama desorientado en la playa. No se cree lo que dicen los médicos y se repite de nuevo: si ya no sabe quién es porque en alguna tormenta se le cayeron por la borda todos los recuerdos. Y reza compungida para que ese buen pescador los traiga de vuelta;  para que no los deje allí de nuevo y los tire al mar.

Para www.amanecemetropolis.net; junio 2017

Venta segura

Cinceló la fecha con escrupulosa precisión, dándole a la lápida un acabado perfecto. Antes de acostarse pondría el nombre; así adelantaba trabajo. Luego salió a dar una vuelta. A esas horas no quedaba nadie en el parque y el frío que encapotaba las calles aún mojadas por el chaparrón de la tarde no invitaba al optimismo. Recordó que siempre hay quien necesita un taxi y allí, en la parada, se encendió un cigarro para aligerar la espera; ojo avizor, claro. Al final estranguló a un hombre bajito con bigote que paseaba por un callejón oscuro en dirección a ningún sitio. Le rebuscó la documentación en la cartera y antes de largarse anotó con desgana todo lo que necesitaba. Ahora venía la parte sencilla. Por la mañana se dirigió a la morgue del hospital, perfectamente engominado, con el catálogo de la funeraria bajo el brazo y su verborrea fácil de vendedor experimentado.

Para amanecemetrópolis.net; mayo 2017

Disyunción identitaria

En el campo de batalla especulaba atemperando los embates cuando encontraba al enemigo de cara y huía por su diagonal mientras tomaba al descuido la vida de cualquiera que obstaculizara su avance en aquella dirección. Ninguno de los mandos entendía el díscolo proceder de aquel soldado raso que, desatendiendo el principio de obediencia debida, ignoraba órdenes de cabos y sargentos cuando exhortaban a replegar y él se empecinaba en seguir avanzando poseído por una obsesión malsana que le empujaba a querer tomar cuanto antes la siguiente zanja. En secreto, durante la noche, si las vicisitudes de la guerra imponían calma, mientras amigos y enemigos lloraban a sus muertos o escribían cartas preguntándose si la impronta de los besos que estampaban en las rúbricas serían también sus últimas voluntades, se travestía con impaciencia apañándose un vestido largo de escote asimétrico con la casaca mientras aguardaba con desasosiego el alba para seguir la guerra. Y soñaba; con bailar como Debbie Reynolds, besar como Bette Davis, abrazar como Scarlata O’Hara, pero sobre todo, con su metamorfosis cuando llegara a la última trinchera y, por fin, se convirtiera en dama.

Para www.amanecemetropolis.net, marzo,2016

A lápiz

Era pequeña cuando mi padre nos abandonó. Mamá se rindió al desánimo, pero yo decidí llenar su vacío inventando historias que caligrafiaba en cuartillas que guardaba por montones. Acuciada por la nostalgia de verla sonreír le escribí un amigo: un hombre de buena traza y bigote a lo Rhett Butler, como los que le gustaban. Al principio bien, hasta que llegaron las discusiones y ella, enfadada, para finiquitar las peleas le gritaba que no quería volver a verlo más. Entonces yo iba a mis papeles y borraba; pero sin apretar demasiado la goma. Y disfrutaba. Me encantaba ver aquellos objetos que parecían flotar: una maquinilla de afeitar, un peine labrando el aire o el desfile de camisas que terminaban su procesión abotonándose solas y con esmero frente al espejo. Luego, cuando se personificaba de nuevo hecho un figurín a ella se le pasaba y hacían las paces. Hasta el día que vi una maleta arrastrándose por el pasillo que al salir dejó tras de sí un portazo que él mismo manuscribió con tinta indeleble. Desde entonces a mamá, petrificada, solo le da un vuelco el corazón cada vez que una pelusa se mueve o algún diente león atraviesa el comedor.

Para www.estanochetecuento.com, marzo'2016. '

 

Luna Nueva

Enfiló el pedregoso camino que subía hasta el chamizo a pesar del cansancio que hacía languidecer sus párpados. La agitación y la claridad le habían restado horas al sueño pero también le habían llenado de razones el ánimo. Su abuelo la recibió sumido entre aromas de ajedrea e hinojo, al calor de los rescoldos, arrinconado entre piedras ancestrales, máscaras y cánticos de fondo.

Bashira le preguntó por qué ya no había estrellas, dónde se había escondido la nívea luz que solía quebrar las tonalidades azules que otrora tiñera la oscuridad del valle y quedó expectante de saber las razones por las que el día, de un tiempo a esta parte, no encontraba fin.

El chamán acogió a la pequeña en su regazo y dibujó con una rama en el suelo dos esferas, una grande y otra más pequeña; mientras, la niña se recostaba sobre su torso y cerraba los ojos.

Con voz pausada le explicó que el Sol se había enamorado y por eso  no se retiraba al crepúsculo. Que la Luna lo rechazaría pizpireta y que el orgulloso astro acostumbrado a regir planetas y órbitas, enfadado, los inmolaría a todos.

Para www.estanochetecuento.com; julio 2014