Origami con trampa

A cinco metros sobre el cielo retruenan los martillazos que el demiurgo aboca contra el yunque a golpe de maza. El estruendo rebota en las paredes de la forja y muere en los oídos de la pequeña, que le adora, que le observa; aunque él la odia: su boca minúscula, sus largos dedos y su mirada traviesa le recuerdan a ella. La chiquilla quiere aprender, pero no le deja. Cuando termine de esculpir ese par de estrellas seguirá sin contestar a sus preguntas e irá a la mesa del orfebre a seguir con esos trabajos al detalle que le dan pereza: un fa sostenido, un bostezo, o labrar durante horas algunas gotas de agua. Y la niña, aburrida, se marchará a dar una vuelta por el escaparate donde su padre olvida lo que fabrica: con virutas del suelo amasará un cuerpo y una cara como las de ellos, los terrenos. Pero sus frágiles brazos aún no son capaces de sostener herramientas pesadas, por eso confeccionará su sombra con papiroflexia; voluntariosa aunque desafortunada. A toda prisa el genio constructor pulirá decenas de espejismos para que todo aquel con quien se cruce se convenza de que en realidad no ha visto nada.

Para http://estanochetecuento.com ;febrero 2018. Foto Tom Waterhouse
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El método

Cualquier día al uso, enfundado en mi traje de chaqueta y corbata, apuro el café, me acomodo el catálogo debajo del brazo y espero junto a la puerta; en el ángulo ciego. Como allí no me ven, cuando aparecen les repiqueteo el hombro: todos se giran para recriminarme que les he dado un susto de muerte. Entonces solo me queda desplegar mis dotes de vendedor avezado y llevarlos a mi terreno: vamos a alguna mesa vacía y les enseño el muestrario con las fotos de los destinos que siempre han deseado. A veces cuesta, pero al final cerramos el trato. Les informo que el vuelo sale esa misma tarde, les acompaño a hacer la maleta y luego al aeropuerto. Es en la escalerilla de mi avión privado que caen en la cuenta de todo lo que dejan atrás: mujeres, amigos, familiares… Ahí les doy mi tarjeta de visita: salgo yo con la guadaña. Dejo que aten cabos y ya está hecho. Con los niños es más fácil, pero esos días odio mi trabajo: me acerco, les sonrío y les tiendo la mano; siempre me la dan y nunca se extrañan de que nadie me mire aunque vaya vestido de payaso.

Para http://estanochetecuento.com ; enero'18. Foto Hoepker

De eficacia probada

En mi pueblo había un juez que aprovechaba la sobremesa para revisar los casos. Y es que durante la mañana solía andar muy atareado mandando al cuerno a los letrados a propósito de las historias que se inventaban para defender a sus representados: “eso no se lo cree nadie”, solía espetarles. Y es que él prefería llevarse al sospechoso a su casa, al calor del potaje que hacía su mujer, para darle una charla de esas paternales en las que porfiaba para que dejaran el mal camino; y funcionaba. A su manera, la que solían definir como campechana, consiguió que bajara la delincuencia e incluso que los carceleros, aburridos, se pluriemplearan. Hasta que llegó a oídos del mismísimo Fiscal General quién ordenó imputarle por prevaricación y finiquitar aquel circo. Poco se imaginaban los beneméritos que fueron a tomarle declaración el arroz caldoso que les esperaba. Visto el atestado, procedió su absolución.

Frágil

Imposta una carcajada profusa y de notas graves, como la de los malos de los dibujos de la tele a los que mira de reojo, de los que aprende. Ellos son fuertes, nadie les castiga y todo el mundo les obedece. Menos al final, cuando aparece el protagonista y entonces pierden. Pero eso es falso, y él lo sabe. Se coloca otra vez frente al espejo y fuerza la pose: barbilla alzada, brazos cruzados, pie sobre el peluche derrotado y rodilla en alto. El cristal le devuelve la imagen enjuta de un rosario de costillas unidos por unos pocos gramos de carne. Mañana irá al colegio. Le pegarán de nuevo. No quiere ser bueno. Las películas mienten. Nunca ganan los héroes.

Perdido

Recibe al nuevo día apoyado en la ventana con el reflejo de sus recalcitrantes ojeras remachado en el agua sucia con olor a café que se ha enfriando en la taza. Cuando termina la deja sobre la pirámide de vasos y platos que en un equilibrio casi pluscuamperfecto ocupan el hueco donde hace semanas había un fregadero, y decidido enfila el rellano. En la azotea se sube al bordillo y susurra algo; luego cierra los ojos, aprieta los puños y salta.

Hacia abajo y en picado la mochila que carga a la espalda se abre y de ella salen disparados el mantra de reproches que repitió hasta exasperarla; los periódicos que leía mientras cenaban, asentía con la cabeza y hacía ver que la escuchaba; el prozac; la canción de Arjona con sus pingüinos en la cama y el estruendo del portazo que cansada de él dio cuando se largaba.

Y va desacelerando, un poco, y luego más, hasta que se para y queda suspendido en el vacío a dos metros sobre la calzada; y levita de nuevo hacia la azotea anhelando que el acto de contrición sirva esta vez de algo −aunque sin demasiada esperanza −, despacio, mientras se pregunta si estará allí arriba, esperándolo, como cuando llegaba tarde a casa.

Para www.amanecemetropolis.net ; noviembre'2017

Ajuste de cuentas

Desde el día que murió el alcalde nadie osa salir de casa. Demasiados decesos en extrañas circunstancias: doña Tomasa fue la primera; un buen día sin mediar palabra se levantó las enaguas y salió corriendo calle arriba graznando como un pato. La encontraron ahogada en la balsa; no sabía nadar. Luego el vicario, que se precipitó desde la espadaña creyéndose el badajo de la campana; y la Engracia, que intentó estrangular al perro, un mastín de colmillos prominentes y cuarenta quilos de mala baba. Ahora por ese pueblo solo pasea la brisa y el valiente panadero, otrora aquel mozalbete pendenciero al que todos estiraron de las orejas por gamberro y que sirve a domicilio mientras devora libros de micología en sus ratos muertos.

Para www.amanecemetropolis.net; septiembre 2017

La fuerza de la costumbre

Antes saquear, el general siempre nos arenga a repartir la suerte de nuestras espadas pasando a cuchillo a todos por igual y sin dejar prisioneros. A las mujeres dice, las violaremos después del pillaje, y a los niños les encadenaremos los tobillos para que lleven la carga hasta el próximo puerto donde les venderemos como galeotes. Nos había ido bien, hasta ahora, que todo se ha vuelto extraño. Al principio algunos decidieron seguirle la corriente cuando mandaba cargar y meneaban un poco los pies; incluso gritaban consignas de sangre y fuego, como antes. Pero hace calor, la soga aprieta y muchos estamos cansados. Más pronto que tarde alguien se mecerá en largo, le dará una patada para que se calle y le dirá que hace años que nos ajusticiaron y solo somos un puñado de esqueletos desvariando; aunque apostaría que ya lo sabe.

Relato para www.amenecemetropolis.net, agosto 2017