Atardece en Gizeh

Nadie sabe en qué momento dejaron de necesitarnos. Se volvieron locos y nosotros les dejamos: siguieron acabando unos con otros, simplemente. Desde entonces el mundo se ha transformado en un sitio extraño. Los que quedamos nos reunimos cada sábado en un bar clavado en medio de una carretera perdida entre todos los sitios y ningún lado. Bebemos, en silencio; y escuchamos a la gramola barajar una y otra vez en el ambiente enrarecido por el aburrimiento y el asco las mismas canciones de siempre. Algunos se quedan hasta horas intempestivas jugando a dardos, otros leen con una cerveza en la mano. Yo me teletransporto y quemo los ratos muertos estirado en la tumbona que siempre tengo en la cabeza de la esfinge. Me tranquiliza contemplar cómo el horizonte de arena infinita se traga el sol durante el ocaso. A veces se recortan contra el valle algunas siluetas que caminan en mi dirección. Son los últimos supervivientes intentando dejar atrás la sociedad que ellos mismos arrasaron. Me ven, ven mi capa serpentear al viento y creen que por fin nos han encontrado, que los salvaremos; que será como antes. Es cuando cojo el rifle, me vuelco sobre la mirilla, y disparo.

Para www.estanochetecuento.com, junio 2017; Relato finalista pendiente de publicación en papel en la antología 2017-2018
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