Valle de Alcudia

DE CUYO NOMBRE SOLO SE ACUERDAN

A la sombra, en el rincón más deslucido de la taberna, se empeñaba en esperarlo el arratonado taburete sobre el que don Alonso había decido contar las horas del día, los días de la semana, y las semanas de aquel que acontecía por ser un año más de su vida; y por supuesto él porfiaba en encontrar acomodo en su carcomida madera para hacerse invisible detrás de la mesa –inclinada por coja –, en la que el buen Manuel, el ventero, sobre la hora de misa y por costumbre, dejaba un trozo de pan duro, algo de queso y una triste jarra de aloja.

Desde allí empezaba a mascar bilis con el rosario de mozos que procuraban aguardiente a sus áridas gargantas, y acaba maldiciendo la vida entre dolores y quejas. Afuera esperaban los campos de la ancha Castilla, las fazañas y el deshacer entuertos. También los gigantes, a los que imaginaba agitando los brazos, clamando su ausencia y mentándolo por cobarde. Y nada más lejos de la realidad, se lamentaba. De buena gana ensillaría su corcel y les ganaría en buena lid esas batallas si no fuera solo eso, la triste figura de un viejo decrépito apaleado por el desánimo, un incapaz, recordado por su fama pero olvidado por el inexorable paso del tiempo.

De amores, molinos y otros menesteres

El día rompe el horizonte con un tímido rayo de luz que evapora sin prisas las gotas que el rocío depositó sobre las piedras del Valle. Le hubiera despertado el insistente trinar de los pájaros que colman los árboles de milenarias credenciales si no fuera porque hace horas que yace despierto sobre la verde hierba que alfombra el suelo. El molino le espera, y el día es largo. Aburrido de vigilar el imperturbable girar de la solera le da igual el viento, si soplará o no, o si la ventura querrá que se lleve en volandas el mortero. Solo le importa reseguir con las yemas de los dedos su herida, ver si aún sangra para enfundarse la improvisada armadura de hojalata y esperarla con todo dispuesto; la última batalla se cobró dos arañazos y un ojo morado. Otea a lo lejos. Recuerda que le dijo que estaba de paso, que veraneaba por Ciudad Real, y que se había parado a leer un rato. Sonrió al mostrarle el libro y le confesó que de vacaciones por aquellas tierras no cabía otra que las aventuras del Ingenioso Hidalgo. Desde entonces, el mozo cada mañana coge un palo largo y arremete contra el gigante. Solo por si la casualidad obrara que ella apareciese de nuevo; nunca se sabe.

Relatos presentados al I Certamen Valle de Alcudia. Julio 2015
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