Primer día de trabajo

La tienda estaba situada entre la 3a y Lexinton Ave, en un callejón que pasaba fácilmente desapercibido por varios motivos: los contenedores que franqueaban la entrada y que lo tapiaban casi por completo, el muro de piedra a media altura que dificultaba su visibilidad, o la excesiva proximidad que lo comprimía entre los dos edificios que al elevarse sin control contra el cielo de Manhattan proyectaban sus omnipresentes sombras sobre él.

 Abrí de nuevo el periódico y repasé el clasificado: “Se busca dependiente para cubrir turno en librería antigua. Se valorará que le gusten los animales. Indispensable uso de corbata“. Había ponderado anuncios raros en los últimos quince días, pero ese se llevaba la palma; desconocía que aún existieran librerías como esa, y se me escapaba que tenían que ver los libros con los animales. En cualquier caso estaba a punto de acabar la tesis y necesitaba algo de tranquilidad para repasarla antes de presentarla al tribunal, por lo que aquel sitio tenía pinta de ser exactamente lo que estaba buscando: horas muertas detrás de un mostrador en compañía de mi portátil.

 El interior era un vergel de anaqueles polvorientos cargados de libros encuadernados a la vieja usanza. El interior del establecimiento te impregnaba con una mezcolanza de aromas indeterminados que aposté provendrían de la mixtura del incienso que se consumía en una repisa lejana y el intenso olor a cuero de las tapas. Me recibió un octogenario con levita y la cara labrada que me escrutó de arriba abajo con una mirada incisiva que proyectó desde detrás de unas aparatosas gafas de pasta.

—¿Vienes por el trabajo? –su voz era grave y rasposa.

—He visto el anuncio en Daily –le mostré el periódico por la página indicada–. Estoy acabando un doctorado en historia y filosofía y estoy familiarizado con los libros de consulta. No sé cuál será su catálogo pero tengo buena memoria así que estoy seguro que podría manejarlo.

 El viejo carraspeó algo ininteligible y miró la pequeña maleta que llevaba colgada al hombro.

—Es mi ordenador portátil. Si me deja utilizarlo podré consultar cualquier título que los clientes me soliciten.

—Aquí vendemos otra clase de libros, jovencito. Pero dime. ¿Te gustan los animales? ¿Tienes alguna mascota?

—Sí, por supuesto –mentí–. Tengo dos perros: un labrador y un braco alemán de pelo corto.

 Su cara esbozó una sonrisa picara y emitió un pequeño suspiro, como de tranquilidad.

—Ven esta noche a probar. A las diez –se dio la vuelta y caminó hacia el interior de la tienda a buen paso–. Y no te olvides la corbata.

 Llegué a la hora convenida. El viejo me dijo que estaría en su despacho y que no debía molestarlo bajo ningún concepto. Me ofreció un taburete, me indicó un enchufe donde conectar el ordenador portátil –al que llamó cacharro del diablo–y me dejó al cargo.

 Di un par de vueltas por la tienda para familiarizarme y me interesé un poco en ver qué tipo de libros se vendían, aunque desistí rápido. No había ni un solo título que me sonara. Las siguientes dos horas estuve trabajando obsesivamente con la tesis, hasta que las campanitas de la puerta repiquetearon anunciándome que había llegado mi primer cliente.

 Levanté la vista pero la tienda seguía vacía.

—Caballero. ¿Sería usted tan amable? –.La voz sonaba allí mismo, justo delante de mí, pero no fui capaz de ver a nadie hasta que un carraspeo a ras de suelo llamó mi atención.

 Me asomé y vi un gato de pelaje azabache que no paraba de menear la cola.

—Quisiera las obras completas de Tadeo Hanserburger.

 Me froté los ojos y conté hasta tres antes de volver a abrirlos. El gato seguía allí.

—La edición de bolsillo en tapa blanda –añadió en tono pausado.

 Miré a ambos lados.

—¿Se trata de una broma, no? –Reaccioné.

—En absoluto –contestó el animal– aunque créame que le entiendo. La edición en tapa dura incluía un glosario de términos muy bien plantado, y el gramaje del papel era de mejor calidad. Pero ya sabe –alzó su mirada felina al techo y giro su pequeña cabeza con condescendencia–, con las nuevas ediciones acostumbran a dar ejem –hizo una pausa dramática–, gato por liebre.

 Di un brinco y recorrí el pasillo a tropezones. La puerta del despacho era de madera con una gran abertura cuadrada tapada por un cristal esmerilado en el que se adivina la silueta del octogenario encorvado sobre una mesa escribiendo algo. En el pomo había un gafete de picaporte con la frase: no molestar bajo NINGÚN concepto.

 Agarré el pomo presa del pánico e hice la intención de girarlo pero detuve al escuchar la melosa voz del gato a mis espaldas:

—Mejor que no lo haga. Ese hombre es realmente extraño. Llevo viniendo doce años por aquí y sé de lo que hablo –.Posó sus cuartos traseros en el suelo y fijó la mirada en una de las estanterías–. Veo que aún conserva algunos ejemplares del Tratado de Sun Tzú. Son difíciles de colocar. Y no me extraña, su filosofía de la guerra a día de hoy me parece ciertamente obsoleta.

—¿Pero qué…? –no fui capaz de completar la frase.

—Lo siento –se disculpó el minino– .Igual le he parecido pretencioso. Nada más lejos de mi intención. Si no le importa –prosiguió –, la compañía es grata pero tengo muchas lecturas atrasadas y me gustaría llegar pronto a casa –esbozó una sonrisa afable.

El gato levantó una de sus patas, la lamió con insistencia y a continuación se la pasó con energía por la oreja y luego por el ojo. Por algún motivo decidí que el animal no era peligroso.

 Le invité, por gestos, a que me siguiera. Por el camino me detuve en el pasillo de la letra “t” y busqué la obra que me había solicitado.

 De nuevo en el mostrador, traté de averiguar cómo funcionaba la caja registradora; una antigua National de 1920. El gato se mostró muy interesado en la pantalla de mi ordenador.

—Caballero, si me permite la indiscreción esto que pone usted aquí es cierto, pero incompleto. Su confusión es del todo comprensible, pero creo que debería revisarlo. Obvia decir usted en este documento que Luís XVI fue capturado, como todos los que vivimos aquella época sabemos, porque María Antonieta prefirió un carro amplio para su comodidad, en lugar de uno rápido; porque el monarca retrasó la partida por quedarse a hablar con dos amigos, y porque ambos cónyuges decidieron disfrazarse de barones rusos. De haberse vestido de otra forma más discreta no habrían llamado tanto la atención. Errores que a la postre solo les sirvieron para hacerles perder la cabeza, literalmente.

 Desistí de averiguar como funcionaba aquel trasto y guardé el libro en una pequeña bolsa de cartón que dejé en el suelo. El minino dio una ágil salto y se situó frente a mí de nuevo.

—¿Qué se debe?

 Me tragué los últimos gramos de cordura que me quedaban, suspiré y contesté, por fin, libre de cualquier inhibición.

—A este invita la casa. ¿Le apetecería venir mañana y dar una vuelta por el sótano? Estoy seguro que hay un montón de libros que el dueño no expone por falta de espacio. Igual hay algo que pueda interesarle. Así –dije con un hilo de voz inusitadamente optimista– podríamos seguir hablando de la Revolución Francesa … y podría explicarme con más detalle esa anécdota.

 El animal acomodó el asa de la bolsa entre sus pequeños colmillos y puso rumbo a la puerta.

—Agradecido quedo. Estaré encantando de revisar ese sótano y de explicarle la historia completa. Traeré algo de té y pastas para amenizar la velada. Feliz noche, gentil caballero.

 Empujó la puerta con la pata y desapareció tras ella.

Mi turno acabó a las seis de la mañana. No entró nadie más en toda la noche. Cuando el viejo salió me pagó la jornada. Exactamente veinte dólares con treinta centavos.

—¿Quieres la vacante?  –preguntó con su voz rasposa.

—Por supuesto. Le aseguro que ha sido una noche… –dejé la palabra en la punta de la lengua por miedo a meter la pata, pero al final no pude contenerla– …extraña.

 Me miró de nuevo de arriba abajo.

—Pues no olvides la corbata –refunfuñó.

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