Juegos de guerra

Es la hora. Me atuso el pelo delante del espejo y con un sutil pero certero movimiento me acomodo la corona en un vano intento de ocultar las incipientes canas que de un tiempo a esta parte insisten en convencerme de que las agujas del reloj avanzan para todos, incluso para el rey. Con paso lento pero seguro accedo al gran salón. Hoy luce un preciosista alicatado trabajado a base de una elegante combinación de mármoles negros y blancos revestidos de un casi imperceptible carmesí.
Todos me miran, algunos con admiración y otros con recelo: «Envidiosos», pienso mientras me aseguro que mi regia estampa sobresale impecable sin una sola arruga en la oscura pelliza emplumada que he escogido para la ocasión. Pomposo, decido pasearme con una mano reposada en la pechera y la otra descansada en la empuñadura del sable; hasta que la veo. ¿Cómo no verla? Es alta y es hermosa.
Aquella elegante mujer de vestido  blanco y  fino cutis de porcelana tiene embelesada a toda mi guardia. Es justo quien andaba buscando. Sé que no debería hacerlo. Sé que todos me observan pero aún y así permito que la turba de oscuros pensamientos que recorren mi cabeza guíen mis pasos hasta situarme a su lado y desde allí pruebo a llamar su atención con la cómplice ayuda de un carraspeo mal intencionado.
─¿Me permitís que la acompañe? –le digo mientras le ofrezco cortésmente mi brazo izquierdo para señalar con el derecho en dirección a los jardines de palacio.
 ─No sé, mi Señor –responde llena de dudas –¿Qué dirán si nos ven juntos?
 ─No debéis dejar que la plebe es condicione –asevero –.Soy el Rey y nadie aquí se atreverá cuestionar ninguna de mis decisiones.
Ella, azorada, visiblemente nerviosa, duda entre aceptar la invitación o salir huyendo.
 ─Miladi. Sólo será un inocente paseo antes de que dé comienzo el baile. Sin compromiso  –insisto a punto de rozar la súplica.
Finalmente me coge del brazo y comenzamos a caminar rodeando la pista principal mientras la concurrencia se aparta para dejarnos libre el paso. Necesito romper el hielo. Rebusco en mi memoria alguna frase ingeniosa pero todas me parecen indignas. Mirada  de cerca su belleza resulta insultante.
 ─Alguien como vos seguro que no ha venido sola –interpelo sabedor de que su partenaire nos vigila discretamente desde el otro extremo de la sala –.Decidme. ¿Es algo más que un amigo?
Albergo la remota esperanza de averiguar si él vive definitivamente instalado en su corazón pero cómo suponía se reserva la respuesta.
─No creo que eso ahora importe –responde con voz dulce y amable –.Pero habladme de vos. No quisiera aburriros con mis anodinas historias.
Es mi última oportunidad. Debo impresionarla. Que comience el cortejo.
Le digo que soy el Rey y que con  férrea determinación y mejor mano guío a ingentes ejércitos de valerosos guerreros que no dudarían ni un solo instante en dar la vida por mí. Le explico que allá hasta dónde abarca la vista son mis tierras, y quien ose ponerlo en entredicho no vivirá para contarlo. Apremiado porque el tiempo se acaba le describo lo feliz que sería a mi lado. Con la razón totalmente perdida y a la desesperada me postro a sus pies y le declaro mi amor.
─Mi señor –responde conciliadora –.Es imposible –.Se muestra incomoda aunque segura de sí misma –.El baile está a punto de comenzar. Deberíais ocupar el lugar que os corresponde y yo hacer lo propio. Os lo ruego.
Me niego a aceptarlo. Hago un último intento y le prometo encastar en su tiara todas y cada una de las estrellas del firmamento si huye conmigo.
 ─Ya os lo dije, mi Señor. Es imposible –se excusa definitivamente.
 ─Dadme solo una buena razón –le solicito.
 ─¿Una? Podría daros mil. Vos no sois más que el díscolo rey de negras; y yo la respetable dama de blancas. En este ajedrez lo nuestro no es más que otra historia imposible.
La partida está a punto de empezar. Vuelvo al lado de mi esposa y me dispongo a liderar la contienda bajo la reprobatoria mirada del alfil derecho: «ya te lo advertí», parece decir con esa horrenda sonrisa invertida.
 ─¿Por qué habéis tardado tanto? –pregunta mi adorable consorte, Reina de negras.
 ─Sólo inspeccionaba el campo de batalla –la tranquilizo.
Le beso la mano mientras de soslayo miro al frente y la veo de nuevo: blanca, radiante y asesina. He fracasado en mi intento de  alejarla del tablero y por ende, mi vida y la de mis soldados está en riesgo y correrá peligro cada vez que ella se acerque.
Su homónima, curiosa como de costumbre, porfía.
─¿Pero qué hacías hablando con ella?
No sé cómo explicarle que la primera batalla comienza mucho antes de que empiece la guerra, así que guardo silencio y con una señal inequívoca le ordeno al primer peón que avance dos casillas.

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