Tributo

Los citaron la Noche de Difuntos junto al olmo del viejo cementerio; y aunque poco más se supo, en los corrillos se advertía: cualquiera podía haberlo hecho.

Las pesquisas del benemérito cuerpo no arrojaron luz al misterioso asesinato del grupo de soñadores que se reunían antaño para leer a voz en grito sus relatos; una blasfemia, según el párroco, que como casi todos estaba harto de que una tras otra detrás de cada punto final, aquella panda de majaderos rompiera en vítores y aplausos.

Restituido el orden, regocijado de que la única historia que se contara saliera de su boca los domingos en forma de salmo, el cura ordenó que se les diera sepultura en el más profundo de los agujeros del camposanto. Amontonó sus almas bajo una misma lápida en la que hizo escribir a modo de escarmiento: «Malditos escritores, nadie se acordará de vosotros una vez muertos».

Desde entonces,  en la lápida y ante el estupor de todo aquel que visita el pueblo, para amargura del párroco, se puede leer en el fúnebre mármol en lugar del funesto epitafio la aserción: «Siempre estaremos»; y cada mañana de Todos los Santos cincelado a fuego, un nuevo cuento.

Para www.estanochetecuento.com, septiembre'2015
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