Rezos, ayunos y abstinencias

El eco de las heroicas crónicas que habían nutrido de reclutas el frente pronto quedó relegado al ostracismo más absoluto entre el ruido de las explosiones y la fatiga del combate.

 Tras varios meses y con la percusión de la metralla apostada en los tímpanos, la trinchera había enconado a atacantes y atacados al interminable abrigo de las ratas, el fango y el espino.

 En fin de año de 1915, el general Césaire prometió a sus hombres con la mano sobre el relicario que contenía la foto de su hijo que acabaría con aquella locura. Abrazado a un trozo de tela blanco partió hacia la posición enemiga dispuesto a negociar. Horas después regresó y dio las últimas órdenes; había condiciones.

 Avanzaron hasta ellos decenas de titilantes luces que rasgaron el oscuro manto de aquella fría noche. Los rostros de sus enemigos, de cerca, eran el reflejo de sus mismos miedos y anhelos. A pesar de no entenderse, bebieron, se fundieron en abrazos y entonaron villancicos navideños.

 A las doce: silencio. De los suyos, uno cogió una cacerola; de ellos, otro golpeó con un madero. Tras la última campanada desenfundaron sus pistolas y dispararon. No se sabe quien ganó. Ni importa.

Para www.estanochetecuento.com, diciembre'2014
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