Despedida

La tez morena y la dureza de sus manos delatan que fue hombre de campo: lo sé bien; allí pasamos incontables mañanas junto a su inseparable transistor, él dando rastrillo, yo arrinconándolo con mil preguntas que no le dejaban escuchar el radioteatro: «…la noche se lo tragó mientras el Montecristo le recortaba brazas para darles caza. Seis toneladas de hierro y plomo les pisaban la derrota desde Tórtola, y a merced de lo que divisaban de proa, mañana yacerían bajo las aguas…». Ese día, recuerdo, quise saber qué era la muerte: un lobo de mar insaciable –dijo mi padre apagando el receptor–, un pertinaz cazador que siempre encuentra tu barco y toma tu alma por tesoro. Lo escuché maldecir por años desconocer el final de aquella historia. Hoy, a su lado en el hospital, no se me ocurre mejor adiós que susurrarle al acariciar su pelo ralo: «…pero el capitán les arenga a abandonar sus puestos: a reír y a cantar. A burlarse del destino; a presumir del salitre y ahuyentar su temor. Al amanecer, el navío perseguidor no da crédito. Perdido el rastro de su miedo nunca darán con ellos». Y sonríe. Y cantamos los dos.

Para www.estanochetecuento.com, enero'2016
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